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¡Necio!

Lectura de hoy: Pr.26:1-12


“En el rostro del entendido aparece la sabiduría; Mas los ojos del necio vagan hasta el extremo de la tierra”. Pr.17:24

Cuando en la generalidad de las veces que escuchamos que a alguien se le trata de necio, pensamos que se le dice tonto, retrasado o imbécil, pero la verdad es que estamos bastante alejados de la realidad.

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Un necio no es un tonto o retardado, sino que el necio es aquel que ignora algo, es un ignorante no un imbécil, es un terco, un porfiado, que en su ignorancia porfía sobre algún conocimiento que cree tener o una actitud que cree correcta, pero que no está dispuesto a corregir a instancias de nadie. El es un ser inteligente y ágil de mente que no necesita que nadie le indique lo que es correcto.

El diccionario de la RAE lo define así:”Imprudente o falto de razón. Terco y porfiado en lo que hace o dice”. Dicho de otra forma, el necio la mayor parte de las veces se da perfecta cuenta que está equivocado, pero no está dispuesto a admitirlo. Su terquedad y su porfía pueden más y está dispuesto incluso a desobedecer con tal de mantener su posición. El necio busca justificar lo injustificable. ¿Se ha dado usted cuenta que estas personas siempre encuentran un culpable para sus desaciertos? Siempre hay algo o alguien que tiene la culpa…menos ellos.

Necios podemos encontrar en los dos géneros humanos y en todas las edades y niveles socio culturales. ¡Que difícil es tratar con un necio o necia! ¡Que triste es verles caer una y otra vez; verles levantarse sólo para volver a caer! Son abundantes en palabras que no conducen a nada o en el peor de los casos a la contienda y la envidia. El necio es un enfermo del alma, que se quebranta ante la sabiduría y la inteligencia de quienes le rodean, busca ser menos torpe, no más hábil; menos ignorante, no más sabio; menos negativo, no más positivo. La palabra de Dios nos enseña que aún el necio cuando calla es contado como sabio. (Pr.17:28) Sin embargo rara vez callan, siempre están hablando y lo que es peor, de lo que no saben. Porfiando y porfiando. Si Dios les hubiera consultado antes de hacer el mundo, seguro las cosas serían mejores ahora.

Como decía mi querida suegra:”Al porfiado no hay que porfiarle, hay que con lo mismo darle” Nuestro amado Jesús en el relato de la parábola de las diez minas dijo:”Mal siervo, por tu boca te juzgo”, (Lc.19:22) refiriéndose al que guardó el dinero sin hacerlo crecer y entregarlo a su amo dando justificaciones que terminaron por condenarlo debido a su insensatez. (Cf. Mt.12:36-37). El no hizo nada mal, el malo era el amo que le infundía miedo (Según él).

Si conoce algún necio, tenga misericordia de él, ruegue por él y muéstrele que si quiere ser sabio debe buscar a Dios.

¡Ah! Y ore por mí, que yo estaré orando por usted. Todos alguna vez hemos sido necios, esperemos en Dios no volver a serlo.

La Gracia y la Paz de Cristo estén con usted siempre. Amén.

La Santidad es el principio clave en la obediencia a Dios

El plan de las Escrituras para la vida de un cristiano es doble. Primero, que seamos instruidos en la ley para amar la rectitud, “porque por naturaleza no estamos inclinados a hacerlo; segundo, que aprendamos unas reglas sencillas, pero importantes, de modo que no desfallezcamos ni nos debilitemos en nuestro camino.


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De las muchas recomendaciones excelentes que hace la Escritura, no hay ninguna mejor que este principio: “Sed santos, porque yo soy santo.” Cuando andábamos esparcidos como ovejas sin pastor, y perdidos en el laberinto del mundo, Cristo nos llamó y nos reunió para que pudiésemos volver a El.
Al oír cualquier mención de nuestra unión vital con Cristo, deberíamos recordar que el único medio para lograrla es la santidad. La santidad no es un mérito por medio del cual podamos obtener la comunión con Dios, no es de origen humano, sino, un don de Cristo, el cual nos capacita para estar unidos a Él y a seguirle. Es la propia gloria de Dios que no puede tener nada que ver con la iniquidad y la impureza; por lo tanto, si queremos prestar atención a Su invitación, es imprescindible que tengamos este principio siempre presente. Si en el transcurso de nuestra vida cristiana queremos seguir adheridos a los principios mundanos, ¿para qué, entonces pertenecer a Su pueblo?, la santidad del Señor nos amonesta a que vivamos en la Jerusalén santa de Dios. Jerusalén es una tierra santa, por lo tanto no puede ser profanada por habitantes de conducta impura. El salmista dice: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón.” El santuario del Santísimo debe mantenerse inmaculado. Ver Lv. 19:2; I Pedro 1:16; Isaías 35:10; Salmos 15:1-2, 24:3-4.

La Escritura no enseña solamente el principio de la santidad, sino que también nos dice que Cristo es el camino a este principio. Puesto que el Padre nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo, nos ordena que seamos conformados a su imagen. A aquellos que piensan que los filósofos tienen un sistema mejor de conducta, les pediría que nos muestren un plan más excelente que obedecer y seguir a Cristo. La virtud más sublime de acuerdo a los filósofos es vivir la vida de la naturaleza, pero la Escritura nos enseña a Cristo como nuestro modelo y ejemplo perfecto. Deberíamos exhibir el carácter de Cristo en nuestras vidas, pues ¿qué puede ser más efectivo para nuestro testimonio y de más valor para nosotros mismos?.
El Señor nos ha adoptado para que seamos Sus hijos bajo la condición de que revelemos una imitación de Cristo, quien es el Mediador de nuestra adopción. A menos que nos consagremos devota y ardientemente a la justicia de Cristo, no sólo nos alejaremos de nuestro Creador, sino que también estaremos renunciando voluntariamente a nuestro Salvador.
La Escritura acompaña su exhortación con las promesas sobre las incontables bendiciones de Dios y el hecho eterno y consumado de nuestra salvación. Por lo tanto, puesto que Dios se ha revelado a sí mismo como un Padre, si no nos comportamos como Sus hijos somos culpables de la ingratitud más despreciable. Puesto que Cristo nos ha unido a Su cuerpo como miembros, deberíamos desear fervientemente no desagradarle en nada. Cristo, nuestra cabeza, ha ascendido a los cielos; por lo tanto deberíamos desear fervientemente no desagradarle en nada. Cristo, nuestra cabeza, ha ascendido a los cielos; por lo tanto deberíamos dejar atrás los deseos de la carne y elevar nuestros corazones a Él. Puesto que el Espíritu Santo nos ha dedicado como templos de Dios, propongámonos en nuestro corazón no profanar Su santuario, sino manifestar Su gloria. Tanto nuestra alma como nuestro cuerpo están destinados para heredar una corona incorruptible. Debemos, entonces, mantener ambos puros y sin mancha hasta el día de nuestro Señor. Éstos son los mejores fundamentos para un código correcto de conducta. Los filósofos nunca se elevan por sobre la dignidad del hombre, pero la Escritura nos señala a nuestro Salvador, sin mancha, Cristo Jesús. Ver Ro. 6:4, 8:29.

Bajo el Yugo del Trabajo

Texto: 1ª Ti. 6:1-2


“Y los que tienen amos creyentes no los tengan a menos por ser hermanos, sino sírvanlos mejor, por cuanto son creyentes y amados lo que se benefician de su buen servicio”. (1ª Ti. 6:2 RVE95)

En su primera parte (v.1) el texto de hoy, habla de los que están sometidos a esclavitud, pero que aún así deben tener a sus amos por dignos de “todo honor”, para que no sea blasfemado el nombre del Señor y la doctrina. (v.1)

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Aplicado a nuestros tiempos y en un país como el nuestro, que por misericordia de Dios, no existe la esclavitud, podríamos leer el mismo texto de la siguiente forma: Todos los que están obligados a trabajar bajo las órdenes de un jefe o administrador, tenga mucho respeto por él, para que no se hable mal de Dios y lo que enseñan sus mandamientos.

Lamentablemente en muchas empresas los empleados cristianos no tienen muy buen prestigio; ¿Quizás sea porque no trabajan igual que los demás? ¿O porque son impuntuales, entre otras cosas? ¿O porque los discriminan por su fe? Creo que en la mayoría de los casos es por las dos primeras razones, y tal vez, sólo tal vez, podríamos agregar una tercera: juzgan y discriminan a su jefe por no ser creyente.

¿Y que pasa cuando como trabajadores cristianos, tenemos un jefe cristiano? La tendencia mayoritaria es “subirse por el chorro”, total mi jefe es hermano en la fe y me “tiene que soportar y perdonar” y trabajaré lo menos posible porque él no quiere oprimirme. ¿Y cuando llega el día de cobrar las remuneraciones?, entonces lo primero que recordamos es que: “El obrero es digno de su salario”
Si son benevolentes conmigo y me perdonan, creo que hay algo que no encaja.
Primero: ¿Dónde está al amor a Dios y al prójimo? Por nuestra falta, ambos son ofendidos (Dios y nuestro prójimo) y muchos se alejan de la fe. Segundo: ¿Cuándo recordamos el siguiente texto? “Y cuando estábamos con vosotros os ordenábamos esto: “que si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (2ª Tes. 3:10). Por último tengamos siempre presente lo siguiente: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col.3:23)

El Señor bendiga su vida y le de paz a su corazón. Amén


¿Es de tu interés los temas presentados?

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